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6月25日 HOMILIA. DOMINGO XIII T. O.DOMINGO XIII, 28 DE JUNIO 2009
¿Estamos condenados a morir?. Sócrates exclamaba ante su condena a muerte”Ésta que llamamos vida y es muerte”, pues en su pensamiento estaba que la muerte es la entrada a la vida definitiva. Para los cristianos el fin del hombre no es la muerte, sino la vida, ésta es nuestra fe y esperanza. No faltan quienes interpretan la existencia humana como un absurdo, una pasión inútil por la vida, cuando nos vemos abocados a la muerte. Pero no es eso lo que nos enseña nuestra fe, la muerte está en la falta de vida, en la falta de comunión con Dios y los hermanos, ésta sí es muerte, desintegración. El hombre creyente no puede conjugar la vida y la muerte. Quien es la Vida llama a la Vida y no puede pactar con la muerte, sino superarla, vencerla. Y con todo, los humanos experimentamos la muerte, nos sentimos amenazados por ella, por la desintegración de la vida. En el libro de la Sabiduría se afirma que la muerte entró en el mundo por envidia del Diablo y sabemos que Diablo significa “el que dispersa”, el desintegrador. Diablo es la personificación de todas las fuerzas del mal, pero estas fuerzas pueden, y así es, concretarse en las situaciones humanas. El mal y la muerte entro en el mundo por envidia del Diablo, del que dispersa. Cristo viene a ofrecernos la unidad perdida, viene a ofrecernos la Vida. Él mismo lucha contra todo mal, y nos ayuda a luchar con Él, sólo nos pide fe”Tu fe te ha salvado”, nos dirá. Fe, confianza es lo que nos falta a la humanidad, Cristo clamó a quien podía salvarlo de la muerte y en su angustia fue escuchado. Cristo con su muerte venció a la Muerte y a todos los que estén unidos a Él, en una vida como la suya, se encontrarán con la Vida. Mucho hay que hacer en este mundo amenazado por la muerte, por una vida absurda. Los creyentes estamos llamados a sembrar vida, solidaridad, unidad y no dispersión. La “envidia del que dispersa, del Diablo, sigue activa. Cristo con su muerte la venció, pero esta victoria está llamada a ser revivida por la humanidad de todos los tiempos. En esta sociedad tan contradictoria en la que vivimos, en esta “cultura de muerte” en la que según algunos ha entrado la sociedad, necesitamos sembrar vida, apostar por la vida y hacer posible que la vida sea respetada siempre y en todo lugar. Hacer posible una vida digna para todos. Los cristianos, unidos a Cristo estamos llamados a dar apoyo a los que pasan tantas necesidades para poder vivir o rehacer sus vidas. Nuestro Dios es un “Dios de Vida y no de muerte” Al estilo de Cristo tendríamos que poder decir: “Niño, niña, joven levantate”. Y fuera tan grande nuestra fe, que a pesar de las dificultades, siguiéramos apoyando una vida digna para todos.
6月18日 HOMILÍA 21 DE JUNIO 2009. DOMINGO XII T. O.DOMINGO XII T. O. C.B.
El hombre, sobre todo el hombre en la antigüedad, sentía un natural temor ante las fuerzas de la naturaleza, en ellas veía la manifestación de los espíritus adversos o favorables. Ante la fuerza e la naturaleza se sentía impotente, débil, pecador. En el lago de Tiberíades, dicen que todavía hoy, las tormentas son frecuentes y que aparecen de improviso, duran una media hora, pero ni los pescadores más experimentados son capaces de preverlas, y en este breve tiempo las embarcaciones pueden sufrir grandes destrozos. Siendo los discípulos de Jesús, en su mayoría, pescadores, es muy verosímil que se encontraran con alguna de estas tormentas, pero Jesús, e, Profeta, el Hombre de Dios ¿iba a temblar ante ella, como los hombres pecadores?. La profesión de fe de la comunidad cristiana es que Jesús, hombre entre los hombres, no teme, pues es el Justo, no tiene pecado, confía, no teme ante los espíritus adversos, sino que los domina. Hagamos un pequeño esfuerzo y pongámonos en aquella situación de Jesús y sus discípulos. El mar en la Biblia es visto como el lugar del mal, donde habita el dragón maligno. El mar tanto en su calma como en su bravura es visto como si tuviera personalidad. Hoy sabemos que no es así, pero esto no resuelve la situación de aquellos hombres en medio de la tempestad. El hombre tiene un cierto poder sobre el mar, pero no mucho, pues éste puede enfadarse y tragarse, todavía hoy, grandes trasatlánticos. Sólo Jesús en el texto bíblico puede mandarle que se calme y se calle. Bueno, esto muy reducido, la situación que vivieron los discípulos y la interpretación de la primera comunidad cristiana: Jesús, hombre sin pecado, no teme ante los espíritus adversos, y admirados repreguntan ¿quién es este? Hasta el viento y las aguas le obedecen!. Pero, para nosotros hombres del siglo XXI, que sabemos tanto sobre las tormentas ¿Qué mensaje salvador os puede ofrecer el texto evangélico? A pesar de tanto saber acumulado en la historia de la humanidad, todavía hoy los hombres sentimos temor y temblor ante las fuerzas incontroladas de la naturaleza, podemos vivir situaciones que no podemos dominar, que no sabemos dominar. En estas situaciones el hombre religioso, sea o no cristiano, se agarra a la súplica, dirige su pensamiento al único que cree puede salvarle, y en esta súplica encuentra paz y serenidad. No es una huída cobarde, sino una aceptación de su situación limitada y un abandono en el misterio. Para los cristianos, Jesús sigue invitándonos hoy a navegar por el “mar de la vida” confiando en Él, pues nos acompaña y nos da la seguridad de que con Él venceremos. Aunque sabemos quien es Jesús, podemos seguir preguntándonos ¿Quién es éste? Y también hornos invita a seguirle, a tener fe en Él, a confiar en Él. P.Miguel Bonet C.R. 6月13日 HOMILIA 14 de junio 2009, desde Roma.UN SALUDO DESDE ROMA. MAÑANA SALIMOS HACIA NÁPOLES. EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO.
La fiesta de hoy es de alguna manera complementaria del Jueves Santo. Es una fiesta centrada en lo que celebramos los cristianos, especialmente el domingo, la Cena del señor. La eucaristía es nuestra acción de gracias por el don de la vida de Cristo ofrecida para vida nuestra. Una vida entregada, que es una invitación a hacer nosotros lo mismo: darnos como Cristo se nos dio. Leí que un maestro de vida interior decía que “una buena comunión con el Señor” no se cualificaba como tal por la fuerza emocional que provocara en nuestro interior, sino por el grado de compromiso que derivaba de haber comulgado. Estar unido al Señor y no estarlo a sus miembros, los humanos que Él con su encarnación asumió, es una contradicción. Como tampoco deberíamos decir “Padre nuestro”, si no nos esforzamos en vivir como hermanos. Lo mismo una buena celebración de la Eucaristía no se mide por la gente que asiste, ni por los cantos o la homilía, sino por el grado de implicación a favor de los más débiles y necesitados que adquieren los que participan en ella. Agradecemos su presencia real en el pan y el vino, su cuerpo y sangre entregados, pero esta presencia nos recuerda también todo lo que dijo e hizo. Vino a servir y no a ser servido, vino a enseñarnos el camino que nos lleva a la casa del Padre, que no es más que un camino de confianza y de entrega a este Dios que tanto nos ama. Agradecemos su presencial real en la Eucaristía, pero ésta es el “memorial” de su pasión, muerte y resurrección. Así lo proclamamos. Lo hacemos en memoria suya, no sólo recuerdo, sino sacramento que nos santifica. Agradecemos su “nueva y definitiva alianza” sellada con su sangre, con su vida, alianza que nos abre la plena comunión con Dios Padre, por mediación de su Hijo, Dios verdadero, hombre verdadero. Uniéndose Él a nuestra naturaleza nos da acceso a los misterios del mismo Dios. Agradecemos su presencia real y el poder recibir “el Pan de Vida”. P. Miguel Bonet Nicolau C.R. 6月6日 Homiliía, 7 de junio. Santísima Trinidad.SANTÍSIMA TRINIDAD. 2009.
En el seno de las familias cristianas hemos aprendido a trazar la señal de la santa cruz al mismo tiempo que invocamos la Santísima Trinidad: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos sabemos marcados y protegidos por este Dios que se muestra cercano al pueblo y a cada uno de sus miembros, no por ser grande y numeroso, sino precisamente por ser pequeño, sencillo, explotado e incomprendido. Un pueblo de larga historia que cuenta historias de un hombre que fue invitado por Dios a salir de su tierra, del clan paterno y fiarse de un Dios que le iba a guiar hacia una tierra y una gran descendencia, Lo único que se le pedía a nuestro padre Abraham era confianza, fe, plena esperanza en la Palabra de Dios. Un Dios cercano a los hombres, a su pueblo, con su Palabra y con su sabia Ley que nos enseña el camino de la vida. Pero el Dios de Abraham todavía quiso acercarse más a los hombres y mujeres que quisieran abrirle el corazón. Y en la “plenitud de los tiempos”, incomprensiblemente la Palabra de Dios “plantó su tienda entre nosotros”, se hizo carne, no sólo hablaba nuestro lenguaje, sino que “era uno entre nosotros” . Y aquel que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo, no fue comprendido, sólo después de rechazarle y clavarlo en cruz, después de experimentarlo lleno de vida, con la fuerza del mismo Espíritu, nos dimos cuenta de que “era el Señor”, Era aquel “Dios con nosotros” tantas veces anunciado en el Antiguo Testamento. El gran misterio en quien creemos los cristianos, con los judíos y los musulmanes es que Dios es uno y único, pero nos diferenciamos de judíos y musulmanes, los cristianos, en que a la vez que confesamos al Dios único, aceptamos que en esta unidad hay tres personas que se relacionan con la humanidad. Dios Padre. Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Un único Dios que entra en relación con nosotros en trinidad de personas. Cristo nos ha revelado al Padre a la vez que nos ha enviado desde el Padre al Espíritu que nos lleva al conocimiento de este gran misterio de Amor. El Espíritu que se nos da grita en nosotros “Padre”, dirigiéndose a Dios, es el mismo Espíritu que nos ayuda a reconocer a Cristo como “el Señor”, es decir, Dios. Cristo antes de volver a donde procedía nos promete su asistencia hasta el fin de los tiempos a la vez que nos confía hacer discípulos suyos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu Santo, enseñándoles todo lo que Él nos mando. Estamos marcados por la Santísima Trinidad, que se nos note en nuestra manera de vivir y de decir. No temamos manifestar el gran amor con que Dios ama a todos los humanos. P. Miguel Bonet Nicolau C.R. |
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